Ojala fuera solo un 28 de Diciembre

Me despierta el grito de un compañero que pide por favor que no le retuerzan más los brazos. La rabia vuelve a subir, rabia que se convierte en ira que descargo a puñetazos contra la pared. Los gritos se apagan poco a poco, ahora son lamentos y en menos de un minuto, súplicas.
Derramo lágrimas y me tapo los oídos, pero cuando dejo de escucharlo, me temo lo peor.
Me pregunto a mi mismo, ¿qué coño hago yo aquí?.

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