Prisión siendo ciego. 1ª parte

La guardia civil está fuera de casa y yo vaciando la botella de vino en mi estómago. Llaman a la puerta, envío unos mensajes despidiéndome y acaricio sus juguetes. El sonido del timbre me taladra la cabeza. Me siento en el sofá, bromeo conmigo mismo unos instantes, cojo aire y salgo dando un portazo.
– ¿Estás sordo?
– – Si, estoy sordo.
– Con nosotros tonterías ninguna, que…
– – Si me vas a esposar hazlo ya o cállate, me duele la cabeza.
– Y bien que me esposaron. Apretaron los grilletes a conciencia, empujones hasta el coche e iniciaron el traslado hacia… no sé donde.
– – ¿A dónde me lleváis?
– – Cállate.
– – Que a donde me lleváis.
– Silencio.
– 3 años de prisión y unos cuantos meses de regalo y ni si quiera sabía a donde me dirigía. Aproximadamente fueron 6 horas de viaje, no pude salir en ningún momento y no dudaban en dejar el coche cerrado y al sol cuando ellos salían a fumar.
– El coche bajó una rampa, las ruedas pisaron las rejillas de un desagüe con su característico ruido, primero las ruedas delanteras, luego las traseras, seguidamente un frenazo. La puerta se abrió y alguien agarró la cadena de los grilletes dando un fuerte tirón hacia fuera. Salí y me dieron un empujón contra la parte trasera exterior del patrullero.
– – Las piernas las dejas quietas, vas a hacer lo que te voy a decir, ¿lo has entendido?
– – Si.
– – Tienes que decir sí señor, o sí señor funcionario. ¿Lo has entendido?
– Me mordí la parte interna del labio y asentí.
– – Camina delante mía, no te pares, pero antes despídete de la gente que te ha traído.
– No pude más que sonreír.

Tras un breve papeleo, registro y una explicación de algunas normas básicas me llevaron al módulo de adaptación. El módulo de adaptación es un lugar donde los presos que cumplen condena por primera vez pasan de 4 a 7 días para hacerse con el horario que tendrán que cumplir cuando entren en el estadio que le asignaron.

Mi celda solo tiene 3 pasos y medio de largo y casi 2 de ancho. Me duele la cabeza, me parece mentira que hace tan solo 8, 9, 10… o 12 horas estuviera en mi casa, libre.
Me siento en el suelo, aún tengo las manos esposadas y acaricio el muro con los dedos, cierro los ojos y pienso en él. Seguro que no estaría orgulloso de mis actos, pero soy consecuente, otra cosa no, pero soy consecuente. Una alarma que dura muy pocos segundos me hace abrir los ojos. Se escuchan pasos, la puerta de la celda se desbloquea, esa gente… mis compañeros caminan hacia algún sitio. Estoy confundido y realmente no sé si yo también tengo que ir, desconozco si desbloquearon todas las puertas a la vez o lo hicieron a propósito. Decido levantarme del suelo y quedarme apoyado en el muro. Pocos minutos después dos guardias me gritaban, me sacaban a empujones y me metían dentro de un despacho. Ni si quiera podía apoyar las manos, las esposas lo impedían.
– Siéntate.
– – ¿Qué quieres?
– – Quiero que te sientes. Que no hagas preguntas y respondas a lo que yo sí te preguntaré.
– Uno de los guardias me obligó a sentarme.
– – Soy el psicólogo y aquí está la trabajadora social.
– – ¿Te gusta estar aquí?
– – No.
– – ¿Te arrepientes de haber hecho lo que te hizo estar aquí?
– – no.

Respondí a otras preguntas de forma rápida, simple y sin dar explicaciones mientras pensaba en el camino que había recorrido.

Los guardias me empujaron dentro de la celda después de quitarme las esposas y de ese… interrogatorio y entonces sí, sonó ese portazo que te decía: de aquí no sales.
Me siento en el suelo, tengo miedo y buceo en él para autoconvencerme de que todo irá bien. Me obligo a sonreír, cerrar los puños y darme a mi mismo mi palabra de que no me rendiré, pase lo que pase. Que si vienen a por mí les haré frente, sean 2, 4 o 40.

Deja un comentario