CUANDO LENIN SE IBA DE PUTAS. Por Juan Manuel Olarieta

Sin ningún género de dudas, Lenin fue el personaje más importante del siglo pasado y uno de los más relevantes de toda la historia de la humanidad. Pero tampoco caben dudas acerca de que su atractivo reside en su actividad pública y en sus escritos. Fuera de sus batallas políticas, la vida personal es casi irrelevante, entre otras cosas porque la subordinó deliberadamente a su lucha revolucionaria. Es algo que la burguesía no entiende porque su concepción de la vida, tanto de la pública como de la privada, es hedonista, naturalmente porque se lo puede permitir. Es una clase social que no duda si tiene que optar entre un revolcón en la cama y una tediosa reunión política. En el terreno intelectual la burguesía tiene un punto de vista subjetivo de la historia, donde las biografías heroicas y su voluntad personal, desempeñan un papel decisivo. Convierte la historia en un apartado de la sicología, o algo peor: de la sicopatología. Así lo entiende Helen Rappaport, profesora de la Universidad de Oxford, que en 2009 escribió una obra en la que hasta el título (“Conspirator: Lenin in Exile”) es engañoso porque no trata sobre un “conspirador”, ni tampoco de un exiliado, sino sobre un Lenin doméstico, en donde la vida íntima se reduce a la vida sexual. Se trata de un libro de cotilleo sofisticado, pulcro y universitario. Demuestra que a la burguesía lo que le preocupa no es el ancho mundo sino algo que tiene bien cerca: la vida privada del vecino. Una vez que introduce a Lenin entre las sábanas, Rappaport puede proceder al típico dualismo del hombre contra la mujer, en este caso Nadia Krupskaia. Naturalmente que la “historiadora” de Oxford pone de manifiesto un punto de vista de clase, el de la burguesía. Lo que se trata de saber son otras dos cosas: si, además, como mujer, pone de manifiesto también un punto de vista feminista y, finalmente, si algo de todo esto tiene que ver con la historia o sólo son chorradas en las que no merece la pena perder el tiempo. Empezaré por el último punto, a partir del cual se explica todo lo demás. La “historia” que la burguesía escribe es una fábula. Por ejemplo, en una entrevista sobre su libro, Rappoport confesó sus fantasías disfrazadas de “historia” de la siguiente manera: “Lenin tenía, estoy convencida de ello, una faceta sexual oscura, que ha sido completamente borrada de los archivos rusos. Estoy convencida que cuando vivía en París frecuentaba a las prostituidas; se encuentran indicios en las fuentes francesas, pero es difícil de probar”(1). Les ocurre a todos los “historiadores” burgueses: están convencidos de algo pero no tienen pruebas de nada. Buscan pero no encuentran, aunque para ellos eso no es motivo suficiente para mantener la boca cerrada. La pregunta que hay que hacerles a esos “historiadores” es la siguiente: si no hay pruebas de nada, ¿de donde surge su convencimiento? Todo se aclara si tenemos en cuenta que, en realidad, sí hay pruebas, aunque los “archivos rusos” las han borrado, lo cual es normal en una dictadura como la soviética en donde todo se manipulaba para ocultar la verdad. También hay que prestar atención al detalle de que “los rusos” no sólo alteraban la realidad de los acontecimientos para engañar a sus conciudadanos, sino que eliminaban, además, los documentos de los archivos, es decir, ese tipo de papeles que no se pueden leer inmediatamente pero se descubrirán en el futuro. Pongámonos en situación. Imaginemos que los faraones egipcios (que también eran unos dictadores) hubieran hecho lo mismo con los jeroglíficos de las pirámides para ocultar su vida privada. La tarea de los historiadores resultaría casi imposible. Lo mismo que los faraones, “los rusos” siempre han tenido la pretensión de engañar a las generaciones futuras, de manera que aunque se abran los archivos a la vista pública, no servirá de nada. Fueron tan previsores que todo lo borraron, lo corrigieron y lo alteraron, incluso los documentos en los que debe constar que Lenin se gastaba el tiempo y el dinero en recorrer los burdeles de París. Los historiadores de la URSS no pueden fiarse de los archivos y documentos, como en cualquier otro trabajo historiográfico. Deben apoyarse en su olfato, como si fueran perros. Hay otro aspecto escabroso de la vida privada de Lenin que los archivos de la URSS ocultan: que tenía una “doble vida” con la militante bolchevique Inés Armand, su amante. Tampoco de eso hay ninguna prueba, pero si alguien se toma la molestia de hacer una búsqueda en internet encontrará las páginas llenas de este idilio romántico, otro “secreto de Estado” en la URSS y otra página borrada de la biografía de Lenin, dice la Wikipedia. En este caso la desgracia no es tanto para Lenin como para Armand, que sólo es conocida por este episodio, no por su lucha revolucionaria. También aquí la burguesía tiene sus folletines universitarios, como el de Michael Pearson, titulado “Lenin’s Mistress” (La amante de Lenin). Armand es una revolucionaria sin individualidad, sin vida propia. La trotskista Bárbara Funes empieza así un artículo sobre ella: “Injustamente, Inessa Armand es más conocida por los historiadores como amante de Lenin que como dirigente bolchevique. Lo cierto es que también fue amiga y camarada de Nadhezda Krupskaia, la compañera de Lenin y, lejos de las intrigas pasionales que algunos chismosos de la historia hubieran preferido, ésta –conociendo el amor que había nacido entre su compañero y su amiga– les ofreció hacerse a un lado. Sin embargo, el respeto y el cariño que tanto Inessa como Lenin le profesaban hicieron que resignaran una posible relación amorosa y mantuvieran, hasta la temprana muerte de Inessa, una intensa colaboración política revolucionaria” (2). Funes incurre en el mismo vicio que denuncia: el chismorreo. No le importa que, como en todo lo demás que concierne a la historia de la URSS, no haya pruebas de nada de lo que dice. No son otra cosa que cotilleos de la burguesía feminista, que recorren luego las páginas de los basureros que los avalan, como Rebelión en este caso. Tanto Rappaport como Funes comparten la misma ideología, que no es otra que la burguesa, porque es de ahí, de esa clase social, de donde procede la opresión de la mujer, no del hombre. Al mismo tiempo que alardea de “feminismo” y lamenta la invisibilidad de la mujer, es la burguesía la que reduce su papel al de esposa de alguien, amante de alguien, o hija de alguien. Seleccionado

A TOMAR POR EL CULO, CABRONES. Por Juan Manuel Olarieta

En los siglos XVIII y XIX la burguesía obtuvo otro de sus muchos triunfos: convirtió a las expresiones lingüísticas populares en algo grosero, soez, propio de analfabetos, de un pueblo despreciable. A partir de entonces el lenguaje escrito se divorció del oral. En el diccionario hay palabras y palabrotas. Estas últimas son propias del léxico coloquial, de la bronca, de los bares y de las gradas de los campos de fútbol.

La educación burguesa se convirtió en la buena educación, en la educación por

antonomasia. El objetivo de la escuela es inculcar esa buena educación, frente a la

mala que el alumno ha adquirido en su familia y en la calle. Es el segundo divorcio,

que convierte al taco en un tabú, en una palabra prohibida que no se debe utilizar. En

1713 una de las funciones para las que se crea la Academia de la Lengua es la

de “limpiar” el diccionario de palabras “sucias” y “malsonantes” . El escritor, el

periodista, el Boletín Oficial del Estado tienen que utilizar un vocabulario burgués,

políticamente correcto, el de los hipócritas, lleno de eufemismos, donde los pechos,

por ejemplo, han sustituido a las tetas.

Hay una marca de espárragos que se llama “Cojonudos” , pero el puto capitalismo

acabará amargándonos la vida. Hace un par de años la Unión Europea rechazó el

registro de la marca “Hijoputa” de un orujo asturiano porque consideraron que esta

palabra es ofensiva y por tanto “contraria a las buenas costumbres en una parte de la

Unión Europea” . ¡Que les den por el culo!

Antes las cosas eran distintas. El taco forma parte de la literatura castellana desde sus

mismos orígenes. Los cancioneros medievales son un compendio de improperios,

como las conocidas Coplas de Mingo Revulgo, publicadas en el siglo XV. Los

escritores del Siglo de Oro también utilizaron el lenguaje de la calle, el barriobajero, el

auténtico. Los tacos son un arte y son cultura. La mejor cultura popular.

A diferencia del habla popular, el habla burguesa esconde su naturaleza clasista

recurriendo a expresiones neutrales. En lugar de maricón, que ha quedado como un

insulto, una toma de posición, prefiere inventar un neologismo como homosexual.

Pero con ese cambio, una obra tan clásica como “Fuenteovejuna” de Lope de Vega

perdería mucho. En la mejor escena una mujer llamada Laurencia apela a las armas

contra la opresión e insulta a la multitud que no toma el camino de la resistencia frente

a los opresores:

Gallinas, ¡vuestras mujeres

sufrís que otros hombres gocen!

Poneos ruecas en la cinta.

¿Para qué os ceñís estoques?

Vive Dios, que he de trazar

que solas mujeres cobren

la honra de estos tiranos,

la sangre de estos traidores,

y que os han de tirar piedras,

hilanderas, maricones,

amujerados y cobardes,

poco hombres y traidores.

Como en tantas otras obras clásicas de la literatura, Lope de Vega deja bien claro que,

como la Mariana de la Revolución Francesa, Laurencia representa al pueblo en armas.

Pero le añade algo aún mucho más importante: ella es, además, analfabeta. Son las

mujeres del pueblo oprimido las que asumen la dirección de la lucha. Su lenguaje

es el único posible contra los neutrales, los que se quieren mantener al margen.

¡Lo que cambian las cosas con el transcurso del tiempo! Es imposible no recordar lo

que ocurrió durante la República, al interpretar este personaje la actriz Margarita

Xirgú. Lo intentaron todo para no tener que decir maricones: recortar el pasaje, buscar

sinónimos… En el ensayo general Xirgú aparentó una afonía en el momento de recitar

el fragmento y fue García Lorca, que estaba presente, quien se lo echó en cara,

llamándola pudorosa. Cuando por fin logró soltar el taco, la representación desató toda

su carga dramática. En medio de las lágrimas la actriz dijo: “Esto no es arte; esto de

abandonarse así a los sentimientos de una está mal. Porque yo hoy no he insultado al

concejo de Fuenteovejuna. He llamado maricones a los concejales de Madrid que

estaban en su palco del Ayuntamiento. Esto ya no es teatro ni arte. Es un mitin” .

Había dado en el clavo. Una obra clásica como “Fuenteovejuna” es mucho más que

teatro: es un llamamiento a la revolución.

Xirgú recordó el tercer desdoblamiento que la burguesía ha impuesto al lenguaje: el

contenido intelectual se ha separado del emocional. Todo tiene que ser, como quería

Leibniz, unívoco: a cada palabra le corresponde un significado. Por el contrario, los

tacos expresan un estado de ánimo, y por eso van ligados a las interjecciones, que es

la función más primitiva del lenguaje. Son una válvula de escape para las penurias que

atravesamos. Ya que no podemos ni protestar, al menos los tacos sirven para

desahogarnos, para aliviar nuestro sufrimiento.

Si estamos redactando un comunicado, cuando el gobierno aprueba recortes sociales

escribimos cosas como que ha aumentado la tasa de plusvalía. Así nos lo han

enseñado. Pero si estamos charlando en la barra del bar, decimos algo muy distinto:

que cada vez estamos más puteados, en donde la palabra “putear” significa “joder” o,

en términos elegantes, fastidiar o molestar.

Desde la literatura del Siglo de Oro el taco es pura negación de la negación, o sea,

dialéctica. El habla popular le ha dado dos vueltas de rosca al tabú y lo ha convertido

en todo lo contrario de lo que pretendía Leibniz: es tan ambivalente que un mismo

término puede significar dos cosas opuestas: “joder” es un placer pero “joderse” o “te

jodes” es justamente lo contrario.

Algunas palabras han acabado como tabúes porque van ligadas a los tabúes políticos,

sociales, morales y culturales de la burguesía, como el sexo. Ahora bien, también ahí

funciona la negación de la negación, de tal manera que donde una ideología clasista

pretendió aminorar las referencias sexuales, lo que ha logrado ha sido lo contrario:

multiplicarlas exponencialmente, de manera que el tabú se rompe por todos los

costados. Son muy numerosos los tacos que tienen una carga sexual. El taco ha

sobredimensionado el sexo y en pocas materias hay más sinónimos que en la sexual.

Sólo hay algo aún peor que el sexo, la homosexualidad, que es el colmo del vicio y la

perversión sexuales, un tabú dentro de otro tabú y que, por si fuera poco, en

ocasiones concierne al culo, en donde al sexo se le une otro tabú: la suciedad y la

mierda. Un maestro de la escatología como Quevedo tiene una obra titulada “Gracias

y desgracias del agujero del culo” . Una cagada es un error y “vete a tomar por el

culo” es lo mismo que “vete a la mierda”. Expresiones como “Iros todos a tomar por

culo” , el título del disco de Extremoduro, son dignas del Siglo de Oro.

Ante esta avalancha la burguesía ha reaccionado para llevarnos de nuevo al terreno

de lo políticamente impecable acusando al lenguaje popular de “sexismo” y

pretendiendo impedir su difusión. El feminismo burgués ha vuelto a demostrar que

es un caballo de Troya, una de las vías más importantes de penetración de la

ideología burguesa dentro del movimiento obrero. No hay reunión en la que alguien no

trate de impedir el vocabulario popular, al que tachan de machista y homófobo

ateniéndose al canon de los buenos modales burgueses que siguen tratando de

inculcar.

En enero el ministro de Guindos mandó a dos periodistas a tomar por el culo,

literalmente. Esperanza Aguirre también llamó “hijoputa” a Gallardón cuando creyó

que no había micrófonos delante de la boca. La burguesía tiene un doble lenguaje lo

mismo que tiene una doble moral. Está llena de prejuicios. Su diccionario es el de la

Academia de la Lengua, no el de la Academia de la Calle en donde un burgués no

sólo es un explotador sino un cabrón. Si decimos que el burgués explota al trabajador

no hemos pasado aún de un estadio descriptivo. Pero cuando decimos que es un

cabrón es porque, además, hemos logrado un avance: estamos de mala ostia.

La buena educación es contrarrevolucionaria; los buenos modales no conducen a

nada; sin mala ostia la revolución socialista es imposible. Hace falta que las masas

adquieran un cierto estado de ánimo, que se expresa tanto en las consignas como en

los insultos y el vocabulario soez y lleno de imprecaciones. Puro Fuenteovejuna.